jueves, 17 de octubre de 2013

Unos cuantos segundos en la oficina

Basta con dar un salto, con los pies juntos, buscando alcanzar el punto más alto que tus dedos hayan alguna vez alcanzado, para sentir la emoción de ser un niño haciendo la vida. Tiene un gusto a victoria y satisfacción que dura un cuarto de segundo, lo que dura el momento en que los pies se despegan y vuelven al suelo. Pero ese cuarto de segundo tiene de prólogo los dos o tres segundos que tarda el cerebro en procesar la idea de saltar, de abandonar por un lapso el estado mecánico de las labores oficinistas y decidir hacerlo.

Están además, los segundos que requieren la inspección visual, para constatar que se está completamente sólo y nadie será testigo de este momento de intimidad absoluta. Mirando por los reflejos de las mamparas, por si acaso alguna cámara pueda estar registrando, tal vez sea necesario ponerse de pie y llegar hasta el pasillo para estar totalmente seguro de que nadie llegará. En fin, en una de esas uno puede demorarse entre cinco a quince segundos en esta labor.

Será prioritario soltar una sonrisa cómplice con uno mismo, nada predefinido, será espontánea, tal vez la sonrisa aparezca al ponerse de pie para adquirir la ubicación y posición del salto, tal vez aparezca justo en el instante del salto, o tal vez se revele después, cuando el cuerpo haya resistido el impacto del suelo sobre los pies, y la sangre empiece a fluir con intensidad.

Si todo sale según lo planeado, habrá que retomar el aire solemne de oficina, y ocultar con ahínco la emoción interior de la que nadie excepto tú fueste testigo. Será difícil, al sentarte otra vez frente al escritorio vendrá un nuevo embate de emoción, esta vez provocado por el recuerdo reciente de lo que acabas de hacer. Acá te darás cuenta que no es necesario contenerla, saldrá y será natural. Y acá seguirán los segundos brillantes, los que no tienen nada que ver con unidades temporales. Guardarás este momento feliz en tu memoria, y será instatáneo y eterno, y te calmará los nervios y te quitará el sueño.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Papelito blanco

Sonó el click. Por fin apareció la ansiada y pequeña ráfaga de viento, por fin las cosas se mueven. He pasado un largo tiempo en silencio, esperando y esperando, con ansiedad, inmóvil, al estilo del mensaje imperial. Tal vez no tan literalmente, pero por fin tengo una motivación para empezar a expresarle al mundo lo que hay acá adentro. Siempre he tenido motivaciones para escribir, mi mujer y mi hijo son inspiración para cualquier arte, siempre he intentado expresarles todo, mostrarles todo mi yo, el histriónico y el torpe, el que muchas veces tiembla al tomar decisiones, el alegre, feliz y optimista. El despreocupado y atento, en general todos los lados de mi poligonal forma.

Siempre me ha parecido sencillo vivir en silencio, en algún momento de mi vida (tal vez aún pasa a ratos) era más por una falta de oportunidades, el silencio era la única alternativa visible para salir airoso al enfrentamiento del mundo, a la vida real.

Cuando pasó el tiempo, el silencio lo escogí como opción, consciente de mis capacidades, sólo quise emitir opiniones en momentos oportunos, muy pocos momentos, a mi parecer de ese entonces, hablar lo justo, comunicar poco por el gusto de guardar información y retenerla, y sólo exhibirla a ciertas almas escogidas con pinza. Eso no ha terminado aún, este silencio se ha vuelto tan implacable, que desde mi posición social, desde mi trabajo y mi círculo de relaciones interpersonales, el silencio pasa a ser un escudo que me aleja cada vez más de la realidad, un silencio que disfruto, que anhelo cada día para mí, pero que sin embargo va creando una invisibilidad que de alguna forma molesta.

Es cierto, ser invisible me tienta, me agrada de hecho, pero llega un minuto en que todos los sentidos buscan reflejos, algún punto de intersección con lo que sea. La mayor parte del tiempo sí la hay, está mi Lole, mi Lorena, que precisamente guarda todos mis secretos, y a quien confieso todas mis fantasías y elucubraciones mentales con o sin sentido, quien me conoce desnudo y con toda mi ropa (que de hecho conoce toda mi ropa), a quien he preparado todos los platos que sé hacer, y a quien dibuja mi mano todas las noches junto a mí. Ella tiene mi mensaje imperial, lo guarda y lo transmite con miradas y sonrisas a nuestro pequeño Félix, nuestro aplauso, nuestra catarsis, nuestra quintaesencia. Félix es nuestro hijo, a quien declaramos amo y señor de toda nuestra existencia. A él le compartimos todo, le mostramos todo. No hay filtro que pueda atascar algún secreto entre nosotros y él, tiene una esponja en el cerebro y absorbe información como nadie, él también lo sabe todo.

Como estas dos personas de mi vida tienen, consciente o inconscientemente, un amplio conocimiento de mi persona, no es mucho lo que puedo expresarles que no les haya dicho ya, claramente siempre habrá palabras nuevas que decir y sensaciones que declarar, pero hablando estrictamente del presente y de la motivación reciente por mostrar mis ojos al mundo, no hay más, nadie más. Por eso, hoy vuelvo a poner un pie en el teclado y a intentar, creo que esta vez sí va en serio, salir del silencio creativo, quiero poner en palabras o en garabatos si es necesario, lo que hay dentro de mi cabeza, tal vez me tarde años en crear algún cuento genial, pero la verdad, de momento no es lo que me tiene preocupado, más bien dejar la invisivilidad, y crear.