Eugenia Calavera
Nació en Ailintue en el año 1980, en el baño de su casa, entre las
manos de su madre, las yemas de los dedos de su padre, y las manos de la
matrona que asistía.
El primer sonido que escuchó fue la voz de su mamá invitándola a
venir al mundo, con un tono desgarrado y agitado, que provenía de las
profundidades de su estómago.
Nació solo 79 segundos después que su hermano Sigmund, el que
partió en avanzada el camino de estos dos muchachos. Ya desde su gestación se
habían vuelto inseparables, y estos 79 segundos que Eugenia pasó sin oír ni
sentir a su pequeño hermano fue la primera gran emoción de su vida. Los ocho
meses y medio que compartieron vientre no se habían visto interrumpidos hasta
ese momento, en el que la pequeña se vio desorientada y asustada sin su
compañero, hasta que logró oír la voz de su madre llamándola a nacer, y de
fondo, lo que suponía era el llanto de Sigmund, su hermano.
De los días que vinieron no recuerda mucho, sólo tiene consciencia
de que tuvo que aprender a vivir rodeada de una realidad que no le hacía
sentido, cubierta de tres dimensiones que no calzaban con sus vivencias. Era
capaz de captar a su alrededor un sinfín de fenómenos invisibles para el resto
(invisible también), que perjudicaban su relación con su entorno, menos con su
querido hermano. Este último, aunque no podía experimentar la misma realidad de
su hermana, siempre se manifestó comprensivo respecto de su habilidad, y no es
que los demás la trataran de loca y no le creyeran, el asunto iba por otro
lado.
Eugenia nació con una habilidad extraordinaria en su cuerpo, para
explicarlo en términos sencillos, podía percibir una realidad cibernética
montada sobre la realidad sensorial que percibimos el resto de la humanidad.
Eugenia era capaz de ver el frío y el calor sobre la piel de la gente. Además
de los colores y texturas que se le presentaban a la vista, ella podía
visualizar casi todos los niveles de información sobre las partículas en su
campo de visión. Podía distinguir la alegría y el rencor no sólo con verlo
posado sobre unos ojos, también alcanzaba a oírlo y descubrirlo al tacto, cada
interacción de ella con el mundo la aturdía de información, y por supuesto, a
los cinco años puede resultar imposible darle a conocer esto a los padres, o a
cualquier persona.
Por eso es que Sigmund jugaba un papel tan importante en su vida,
además de ser su mellizo, constituía su puente con todos los demás. Tal vez sólo esa haya sido su función en la
vida, solía escuchar desde muchas bocas que intentaban consolarla cada vez que
rememoraba su muerte.
Eugenia pasó cerca de seis años utilizando a su querido hermano
como traductor de su misterioso mundo hiperreal, y sucedió que para cuando los
qualias de su experiencia se fijaron a puntos de referencia capturables e
interpretables, Sigmund se esfumó. Nadie supo jamás a dónde fue, o más bien,
nadie lo vio morir, salvo Eugenia, que declaraba con la tristeza personificada
en sus palabras, que su hermano no había desaparecido, que su querido hermano
había sido víctima de la más infame y terrible experiencia del ser humano,
invisible o no, feliz o joven, la muerte lo envolvió y lo ocultó lejos de su
poder hipersensorial.
Y no fue sólo eso, las implicancias de la muerte de Sigmund
recorrieron su don. Inexplicablemente, Eugenia le perdió el rastro a toda
experiencia visual, adquiriendo una ceguera poco efectiva, que le quitó toda
capacidad de captar haces luminosos o coloraciones sobre lo que ella percibía.
Digo poco efectiva porque, para Eugenia, el mundo se presentaba desde tantas
perspectivas que la vista era sólo una de las miles de fuentes de información
en las cuáles ella interpretaba la realidad, lo que provocaba que no necesitara
ver objetos para "verlos", gracias a su maravillosa capacidad, todo
cuanto estuviera a su alrededor se virtualizaba en sus ojos ciegos. Por esto,
su sentido de la vista, mutilado tras la desaparición de Sigmund, no resultaba
más que una anécdota en su catálogo personal sobre la realidad.
Sin embargo, no sólo la vista fue afectada con la partida de su
hermano, la experiencia de la muerte en Eugenia resultó más vívida que para
cualquiera.
Sintió la muerte en primera persona, la vio y respiró mientras su
hermano se desvanecía a su lado. Sintió cómo se desprendía de su piel toda
señal de inmortalidad, su corazón se detuvo 18 segundos, y en el momento en que
sucedía su último latido, Eugenia cerraba los ojos para experimentar la única
sensación de un último pestañear en presencia de luz visible. Su muerte vivió
estos mismos 18 segundos en su cuerpo, para luego retirarse junto a Sigmund, su
vista y su infancia.
Cuando cumplió diez años conoció un mundo completamente
diferente al que se había acostumbrado a ver. Cuando le preguntan acerca de ese
momento suele responder sin dudarlo: Fui
consciente de la existencia de Dios.
Todo empezó un día en que su mejor amigo,
Federico, estaba triste. Había sufrido una especie de ataque de pánico luego de
que unos niños más grandes que asistían a su mismo colegio lo levantaran y
zamarrearan para luego lanzarlo dentro de un tarro de basura, obligándolo a
responder a toda clase de preguntas estúpidas para su propia diversión,
preguntas que Federico era incapaz de responder. Luego de dos largas horas de
aquel juego cruel, apareció una profesora por el patio del colegio que
descubrió la jugarreta de los mocosos y liberó a su amigo de su tortura.
Cuando Eugenia fue a verlo el día del
episodio de bullying, Federico estaba visiblemente consternado. Su enorme
corazón de niño no era capaz de entender que alguien quisiera hacerle daño sólo
por el gusto de hacerle daño. Le dolía su espalda, sus pantorrillas y tenía una
especie de reflejo claustrofóbico como residuo de dos horas de estar dentro de
un lugar oscuro que no le permitía moverse.
Yo
les decía que no quería más, que era suficiente para mí, que me dolía ¡que
estaba asustado! Pero ellos no hacían más que reírse. Y cada vez que yo me
quejaba, parecían reírse más y… No alcanzaba a terminar de hablar porque le
temblaba la voz y le brotaba un llanto incontenible. Eugenia lloraba junto a
él. A sus apenas diez años, estaban conociendo la frustración, la profunda
tristeza y las primeras aproximaciones del odio.
Federico la abrazaba, a él no le gustan los
abrazos, no le gustan las caricias ni casi ningún contacto físico que no
estuviera contenido en su itinerario con antelación. Estaba pasando por sus
venas todo el miedo y la rabia que antes le resultaba inofensiva, estaba
experimentando cómo su torrente sanguíneo asimilaba esta nueva emoción y se la
enseñaba a todo el resto de su cuerpo. Eugenia podía ver cómo se transformaba
en Federico todo su interior. Ella siempre ha podido ver cosas que otras
personas no ven, Funes la memoriosa solía
llamarla Federico en honor de uno de los cuentos de Borges con que siempre
intentaba explicar cualquier momento de la vida. Ciertamente Eugenia no posee memoria
tan agobiante como la de Funes, el personaje borgiano, pero sí es capaz de ver
dimensiones que la gente no puede ver. Y aquel día pudo ver muy claramente cómo
su querido Federico cerraba en su interior la puerta de la compasión, como el
odio iba intoxicándole cada pequeño rincón de su inocente personalidad. Estaba
hinchado por todos lados, la única forma en que podía dejar de llorar era
enrojeciéndose de este encono temporal. En su experiencia, las personas no son
capaces de ver esto. Aunque haya una mirada o una mueca que delata cierta
cantidad de rabia, nadie es capaz de ver cómo se mueven en el interior de los
cuerpos las emociones que comandan al cuerpo. Pues Eugenia sí podía verlo, y no
hacía más que causarle una enorme tristeza ser espectadora de este momento, el
instante justo en que un ser humano deja de ser inocente.
La congoja se extendía por la piel de Eugenia
mientras Federico se iba consolando poco a poco gracias a su amiga. La pequeña
se despidió ese día, procurando darle tanto consuelo como pudo, y siendo
testigo al fin de cómo la rabia iba cediendo no sin antes dejar sus marcas
territoriales repartidas por el cuerpo de su amigo. Al menos ya está más tranquilo, les había dicho a las madres de
Federico antes de irse. Ella, en cambio, no estaba tranquila. Aquella visión de
su amigo no la dejaba en paz, y en su regreso a casa no hizo más que llorar por
todo lo que tuvo que pasar su amigo y por la injusticia que veía nacer en el
mundo.
Era una de las últimas noches del verano y
hacía un poco de frío afuera. Eugenia iba caminando de la mano de Piro
Calavera, su padre, que había tenido que llevarla desde Ailintue hasta la casa
de Federico sólo porque él tenía pena y la había llamado para que fuera a
verlo. Piro ya conocía a Federico, entendía sus comportamientos extraños y le
gustaba que un muchacho tan bueno fuera el mejor amigo de su hija. Su padre
solía decir que llegado el momento los dos muchachos se enamorarían y tendrían
muchos hijos (siguiendo la lógica paternal e idílica que se figura en la cabeza
de los padres cuando sus hijos aún son niños). Ella lo escuchaba nada más, pero
en el fondo sabía que eso jamás pasaría. Eugenia sabía que el amor de Federico
se manifestaría en unos años y ella, por su parte, no experimentaría esos
sentimientos sino hasta muchos años más. ¿Cómo lo sabía? Pues simplemente lo
sabía.
Mientras caminaban, padre e hija, por el
Parque Bustamante cuando ya la luna iluminaba algunos árboles, Eugenia creyó
ver un movimiento extraño. Ella es ciega, eso ya está claro, pero aun así puede
ver, de alguna forma inexplicable y fascinante, puede ver. Aunque Federico la
corrige cada vez argumentando que el verbo correcto es otro, sentir tal vez,
pero no ver. Está bien, pensó Eugenia, creí sentir a la distancia un movimiento
extraño, algo se movía bajo la luna.
- Papá ¿viste eso? ¿Cerca de ese árbol?
- ¿Qué cosa hija?
- Algo se mueve desde las ramas al suelo, algo extraño.
Su padre sonrió.
- Hija, me parece que
acabas de ver la primera hoja caída del otoño. Y se agachó apara tomar la hoja
y guardarla como recuerdo.
Eugenia pensó que era un
momento muy lindo, y le alivió un poco la pena que traía desde la casa de
Federico.
- ¿Sabes Eugenia? Yo nunca
he visto ese momento exacto en que una hoja se desprende de un árbol para
flotar unos segundos antes de caer al suelo, es un instante muy pequeño y pocas
personas deben haber estado alerta justo cuando sucede en sus narices. Siéntete
afortunada y nunca olvides este momento.
Nunca
lo olvidaré papá, pensaba ella para sus adentros, pero no será por esta estúpida hoja, será
por lo que nos ha pasado hoy a Federico y a mí...
Su pensamiento se vio interrumpido porque
volvió a suceder lo mismo bajo el árbol, pero esta vez su perspectiva le
permitió ver (percibir) claramente lo que pasaba. Efectivamente era una hoja
que se desprendía de una de las ramas, pero esta hoja, que debía flotar en el
aire, era dirigida por un hilo casi invisible en una trayectoria en apariencia
aleatoria hacia el suelo, para dejarla posada suavemente sobre el pasto del
parque. El hilo nacía en la tierra y se extendía hasta la copa del árbol, allí
la esperaba un rodillo empujado por una manivela, la que a su vez, era
accionada por una especie de duende, que bostezaba como si estuviera realizando
la tarea más rutinaria de su vida.
Al parecer nadie notaba la presencia de este
pequeño ser, ni menos su apatía, se dio cuenta que no valía la pena preguntarle
a su padre, ya que él mismo, en su afán de ser testigo de la caída de una hoja
a partir de un árbol, se encontraba mirando justo en dirección del pequeño
aburrido y sus reacciones corporales no delataban absolutamente ninguna
anormalidad.
-
Papá ¿existen los duendes?
-
No que yo sepa hija, ¿por qué me lo
preguntas?
-
Porque creí ver uno sobre el árbol que
estabas mirando hace un momento.
La miró asombrado.
- No
hija, yo al menos no vi nada, y jamás he oído de nadie que haya visto uno.
Otra derivada de las capacidades omnividentes
de Eugenia consiste en que puede saber con total seguridad si alguien le miente
o intenta mentirle. Es una especie de detector de mentiras de carne y hueso.
Puede percatarme de las leves aceleraciones o desaceleraciones del pulso, puede
oler el brote del sudor en los poros de las manos, escucha los temblores de un
corazón estremecido por un golpe de adrenalina (que sucede a algunas personas
cuando mienten), y así podría enumerar un día entero. Su padre no le mentía ni
parecía darse cuenta del extraño ser que ella había descubierto.
La pequeña Eugenia Iba caminando bien
afirmada del brazo de su padre, Piro siempre ha insistido en que ocupe bastón
pero ella siempre se ha negado bajo el argumento de sus capacidades sensoriales
complementarias.
- ¿Pero si algo se te escapara? ¿Si no
estuvieras siempre alerta y concentrada?
Solía preguntarle su padre con inquietud.
- Si ella se siente capaz de caminar, y hasta
correr sin ayuda, pues dejémosla. Discutía su madre, y
agregaba: por lo demás, es muy improbable
que a esta edad vaya por ahí sin la compañía de alguien más.
Eugenia se aferraba a lo que decía su madre,
así que la discusión terminaba ahí. Por esta razón era que su papá le tomaba
muy exageradamente del brazo cuando veía que caminarían junto a mucha gente por
algún sendero pedregoso o disparejo.
Esta vez era uno de esos casos, así que Eugenia
iba caminando dirigida por padre, sin pensar en dónde estaban ni para dónde iban.
Estaba tan concentrada entre los movimientos del duende y las reacciones de su papá,
que sólo cuando llegaron al final del parque, y tuvieron que cruzar la calle, se
irguió en actitud de mirar hacia adelante. Fue un lapso de tiempo que nunca
olvidará. No, fue un momento ausente del tiempo. No lo sabe exactamente, sólo
recuerdo que tuvo que detenerse en seco, apretar muy fuerte el brazo de su
padre y contener el aliento.
Miró lentamente alrededor para darse cuenta
de que estaba frente a una realidad superpuesta a la suya. No había únicamente
un duende sobre el árbol, al mirar hacia adelante y atrás, se dejaba ver una
versión similar del ser extraño en cada uno de los árboles del parque, jugando,
cada uno con su manivela y sin patrones rítmicos, a deshojar lentamente los
árboles. Ellos son el otoño, pensó
Eugenia. Luego, su curiosidad la llevó a mirar hacia el cielo y ver a la enorme
luna posada en un par de manos gigantes. La sostenían con extremo cuidado, como
si fuera una pequeña y delicada bolita de cristal, que al más mínimo soplido se
pudiera venir abajo. Ambas manos se esforzaban para no perturbar la posición de
la esfera, manteniendo su ruta por la noche que avanzaba sobre el parque. La
expresión de esos dedos entrelazados la conmovió. Se las veía temblar,
notoriamente cansadas, pero aguantaban y continuaban su labor sin descanso, en
la altura del cielo donde nadie, absolutamente nadie parecía notarlas.
Las manos de la luna la llevaron luego a las
estrellas, encendidas en la oscuridad a través de unos delgados cables que
viajaban desde su posición en el cielo hasta un punto lejano en el espacio,
todos los cables seguían el mismo camino, todos parecían aportarle energía a
estos pequeños puntos brillando en el cielo. Pasó una gran nube que cubrió
levemente la luna, por supuesto, esta nube era transportada por otras manos,
similares a las de la luna, que la conducían con movimientos elegantes y casi
imperceptibles desde izquierda a derecha.
Aún no era capaz de reaccionar a este
escenario sobrecargado de criaturas que no había visto nunca antes, ella misma,
que se jactaba de ver mucho más allá que cualquier ser humano, seguramente
habían estado ahí siempre, pero no había sido consciente de su presencia sino
hasta este momento. Miró al suelo (o más bien dirigió su vista hacia el suelo)
un poco avergonzada, pero sólo sirvió para darse cuenta de que se encontraba
caminando en una superficie inexistente, bajo la que se veía una aglomeración
de pequeñas manchas de colores peleándose por posarse bajo sus pies. Miró hacia
adelante y comprobó que bajo los pies de cada transeúnte pasaba lo mismo, estas
manchas coloridas se movían a toda velocidad para sostener los pasos de cada
persona, evitando que cayeran al vacío. Se liberó de su padre y corrió sin
sentido por el parque, iba tan rápido como podía, saltaba con fuerza, se
detenía y cambiaba de dirección, pero estas criaturas subterráneas la encontraban
siempre y estabilizaban su cuerpo sobre el vacío enorme detrás de ellos.
Cuando su padre la atrapó, Eugenia lo abrazó
desesperada, tenía miedo, no se sentía preparada para ser espectadora de todo
aquello. Su padre la sostuvo en sus brazos levantándola del suelo mientras ella
se escondió bajo sus brazos apegándose todo lo que era posible.
- ¿Qué
pasa, hija? ¿Es por Federico que estás así?
- No
papá, tengo miedo, abrázame ¡abrázame fuerte, por favor!
- Tranquila,
mi pequeña. Estoy aquí contigo, no pasa nada malo. Estás acá con papá, yo estoy
cuidándote, sea lo que sea que hayas visto, yo estoy aquí para protegerte.
Al mirar bajo sus pies vio
al grupo de criaturas esforzarse por mantener a su papá alineado sobre la superficie,
y las criaturas que la sostenían antes se sumaban al grupo de padre, para ser
capaces de sostener el peso de ambos. A su alrededor todo adquirió una
perspectiva cacofónica, había demasiados estímulos para sus sentidos y ella no
era capaz de contenerlos todos con sus propios sentidos. Sólo su padre podía
calmarla, sus brazos, su olor, su voz, le tranquilizaban los nervios que se le
querían arrancar del cuerpo y explotar como fuegos artificiales. Así estuvieron
unos diez minutos, Eugenia lloraba cada vez menos asustada, hasta que consiguió
devolver su respiración a la normalidad y erguir su cabeza para volver a
enfrentarse con este mundo nuevo.
Habiendo pasado un poco de
tiempo, Eugenia se sintió más llena de valor, ahora fue más valiente, aceptó
todo lo que sus sentidos captaban, dejó entrar toda la información a su cuerpo.
Estaba concentrada queriendo conocer cada rincón y a cada criatura dedicada a
su labor particular, miraba y miraba, era una tarea infinita, a cada nuevo
descubrimiento le sucedían más y más criaturas, no terminaré jamás, pensaba, y sin meditarlo demasiado, miró a su
padre, que aún la sostenía en sus brazos, y dijo:
-
Papi, creo…creo que acabo de conocer a Dios.