Y sin despegar la mirada de la ventana
En la cama y en el living
Empieza a desperezar un ojo
Este convence al otro
Y parten disparados al cielo.
Aquí arriba es más fácil cuajarse
Hace 24 años se me ocurrió viajar al futuro para advertirme sobre algo muy trascendente que me había pasado, y que, por algún motivo de orden superior, era importantísimo recordar tal día, en el futuro.
Ese día era hoy.
Llamentablemente, con 7 años de edad no tenía cómo saber que ya no viviría en la casa de mis padres o que me habría cambiado de ciudad, y peor aún, no imaginaba que aquello tan importante para mí hace 24 años, el día de hoy no tenía relevancia alguna.
Me gustaría poder viajar al pasado y evitar que mi yo de niño haga ese viaje inútil, decirle que lo reserve para otra oportunidad, una que sea de verdad importante. Pero no se puede. Es una lástima, pero no hay nada que hacer.
Hay flores para erigir edificios
Hay flores para endurecer erecciones interminables.
Hay unas para agraciar el aire de la casa.
Y otras para conquistar abejas.
Hay una que para el tiempo,
Y te espeja tu mejor lado.
Hay una flor en tu sien
Salivando pétalos y unicornios.
Y esta la más bella,
Esa flor eres tPERO CÓMO SE TE OCURRE QUE VOY A REMATAR CON UN "eres tú" POR LA CRESTA OOH.
Por los pasillos de su hostería Ana no estaba sola. En el inquietante momento previo a la elección de su puerta de turno, se cruzaba a veces a empujones con otros tipos deambulando como ella. La diferencia crucial era que esos tipos sólo se apostaban en la mirilla de cada puerta, mirando las descripciones de lo que contenía cada habitación, saboreando con orgullo su perspectiva de monstruos omnividentes. Y casi siempre (a diario desde que puso en funcionamiento su Hysteria Inn), se cruzaba con algún torpe intelectual. La jactancia de estos tipos la desalentaba, se veían gigantes desde abajo, parecían enormes bestias babeando su sabiduría por la boca y conteniendo su risa de superhombres de pasillo. Porque ellos jamás abrían una puerta, esas puertas magníficas que Ana puso ahí para adornar la felicidad, y que a ella tantas satisfacciones le habían entregado. No, ellos no se rebajaban, no eran dignos de entrar a ninguna de esas puertas en las que la apuesta era un requisito. Ellos desafiaban a la incertidumbre vestidos en algodón, vanagloriándose cada treinta segundos de su piel sin magulladuras.
Ana no los soportaba, y cada noche intentaba avanzar por el pasillo sin levantar la vista, sin mirar hacia arriba a este paraíso seco que promovían los monstruos. Pero no eran suficientes para vencer su pulsión temeraria, se dejaba enfriar por una que otra imagen de la alegría en conserva de estas bestias, pero no mucho más, y al comienzo de cada noche, orgullosa siempre de su decisión, abría la puerta que la llevaba allá lejos, sobre todo lejos de ellos, esos brutos superhombres.
Ana Datrevil imaginaba desde muy pequeña que su padre tenía algún tipo de pacto con el Diablo. El "evil" de su apellido le sonaba inquietante y un poco atractivo, y le hacía sentir más interesante de lo que en realidad era.
Con los años, sin embargo, encontró satisfacción en la bondad; en abrir una puerta para encontrar un cuarto iluminado, limpio y fresco; en su exquisito café al desayuno y las cenas groseras una vez por semana; en la paz de su cuenta bancaria sin números rojos; y sobre todo, en la dicha frugal de la comodidad hogareña. Su casa era su paraíso.
Y como un rayo, irrumpió en su cabeza la cosquilla de la curiosidad. Su plan fue el siguiente: Agarrar todas sus cosas importantes y largar de casa. Pero no a cualquier parte, si quería sostener su delicado paraíso hogareño, debía encontrar cada noche un alojamiento tanto o más bello que el de su primera casa.
Así partió su proyecto personal llamado Hysteria Inn Story (le gustaba más el nombre en inglés porque en castellano sonaría algo así como La historia de la Hostería Histeria). La cosa era simple: alojaría cada noche en una habitación diferente del Hysteria Inn, en un lugar diferente y con personas distintas. Probaría las camas, la comida y el servicio. Y partiría a la mañana a una nueva sala de este paraíso andante.
No me gusta el blues.
Pero loco, cómo no te va a gustar el blues.
Así no más.
Un tema, aunque sea un tema blusero?
No pasa na'
Mira, yo tengo una teoría, la música (sobre todo la música popular), como arte que entra por el oído y todo, es un tipo de expresión que, ante todo, sirve para contar historias. Osea que su principal objetivo es abrir y cerrar un mundo en 3 minutos, y lo que nos gusta de ella, son esos cuentos breves que nos hacen sentido, que se nos meten por los nervios y nos arrancan sonrisas o lágrimas, o nos mueven el cuerpo y nos revuelven el pelo.
Entonces, como todo se trata de historias, en el estilo que sea, siempre va a haber alguna historia que te presente sentido, siempre, es cosa de probabilidad. Tiene que haber por ahí algún blusero que cuente historias en tu frecuencia, y que te cale hasta los huesos por la historia, musical o narrada, por el mundo que te abre en la cabeza, por el pulso que te sube al cerebro, tiene que haber, es cosa de esperar y dejarse encantar.
Mi abuelo siempre decía que no se puede confiar en nadie que no delire, aunque sea un poquito, con algún tema de los Beatles. Yo le encuentro cada vez más razón. Me causa desconfianza la persona que niega a los Beatles como quien niega a dios. Ellos son el principio, la piedra fundacional que se dejó ver en la historia de la música popular, y con esa ventaja se metieron en una cantidad de historias que fácilmente puede abordar cualquier gusto, contaron tantos cuentos y de tantas formas, que es casi imposible que haya algún ser humano que no enganche, al menos con uno.
Me acuerdo del día en que mi abuelo me contó esto. Yo tenía como 4 o 5 años, y fue la misma mañana que murió, de hecho, fueron sus últimas palabras.
Estábamos en el patio de su casa, él pelaba una naranja y me hacía bromas con las cáscaras, de pronto tomó una regadora y nos pusimos a correr por la huerta, chorreando las plantas y payaseando. Justo en eso empezó a sonar en la radio una canción de los Beatles. Yo, que no gustaba de la música fuera de los temas infantiles que solían poner mis papás en casa, grité fuerte No me gusta!
Mi abuelo se rio como para adentro y paró de correr alrededor de la huerta, se agachó y me pidió que me acercara, se puso serio, como pocas veces se ponía conmigo, y me dijo Hijo, tengo que decirte algo muy importante, nunca, por el motivo que sea, confíes en nadie que....
En medio de su gran frase se acabó repentinamente la radio, y él como que se asustó, se asustó mucho (eso pensé yo en ese momento, después me explicarían que le estaba dando un paro cardíaco), y me abrazó fuerte. Me dijo que me quería mucho y se esforzó un montón por terminar la frase de los Beatles. Justo cuando pronunció la última palabra, se desplomó, y nunca más despertó.
Ya, está bien, a mi abuelo le gustaba mucho el Padrino, y claro que la historia de arriba es falsa. En realidad me contó lo de los Beatles mientras viajábamos en su auto camino a mi casa después del colegio.