Daniel Ortiz obtuvo su Certificación de Diletante en el Instituto de Epistemología del Arte, en Santiago, hace unos 7 años. Aún recordaba el día de su graduación, y las palabras de don Andrés Varela, el director de carrera, anunciando pomposamente que, a partir de ese momento, nadie podría cuestionar sus saberes artísticos.
Pero y pa que!? Se repetía ahora, una y otra vez, con la soledad bien guardada en su mochila. Para qué!?. Qué hago yo con este certificado estúpido!?.
Aunque el trabajo no estaba mal (estaba a cargo de las críticas de cine de los estrenos semanales para el Canal de Youtube de Cine Hoyts Chile), lo que lo tenía podrido era esta soledad. No contaba con ella, pensaba que un melómano puede ser amigo de todo el mundo, que ante todo tendría algún tema de conversación con cualquiera, la cancioncilla esa, el disco tal, etc.
Pero lo cierto es que su saber lo había hundido. Le gustaban los Beatles, conocia casi todas las canciones, y eso era una buena entrada. Pero pasado cierto tiempo se aburría, porque lo que a él de verdad le fascinaba era el sonido maravilloso de la cuarta cuerda de la guitarra con que George Harrison hacía el solo de While My Guitar Gently Wheeps. Y así como resulta incómodo de leer, resultaba incómodo de oír. A todo aquel que mencionaba este subtema solía evadir pronto la conversación, en el mejor de los casos su intentaba volver inútilmente a Yesterday o She Loves You. Si no, simplemente guardaba silencio, o de plano se esfumaba.
Un día eso sí, en una conferencia solo para diletantes certificados, conoció a una muchacha que gustaba tanto como él de una de las cuerdas, de la misma canción, la misma guitarra y el mismo solo. Era la tercera, sin embargo, y para él aquello valía poco más que lo mismo.
Cansado, Daniel se sintió en la obligación de buscar ayuda. Era recurrir a un profesional o dejarse carcomer por la angustia maldita que le brindaba su satisfacción de diletante. Él amaba el arte, en varias expresiones, generalmente la música, por temporadas flashaba fuerte con la literatura, en otras épocas era el cine, el teatro, etc. El de verdad amaba ese breve pedazo de alegría que le brindaba escuchar una canción. Aprendió con el tiempo a medir los impulsos eléctricos que le generaban las obras de arte, y estableció una escala de fascinación que le permitía,,,,
Pero claro, parecía un loco. Hacía el ridículo cuando se dejaba llevar, cuando en público manifestaba su total encanto por ese mínimo verso contenido en un soneto, o por la obra entera de un artista que recorría la historia universal y se podía vincular como un aleph con tal o cual canción, peli, libro o lo que fuese.
Se sabía aburrido, o más bien aburriente. Era capaz de ver claramente las miradas incómodas, las condescendientes, las irritadas, las desinteresadas y casi nunca, nunca nunca, percibía brillo en los ojos de quienes se detenían a escucharlo, tal vez respeto era la máxima expresión que recibía por respuesta, y a veces tendía a conformarse, se engañaba pensando que ese era un truinfo, que eso le valía por satisfacción, pero generalmente cuando se iba el efecto del alcohol, o la adrenalina o libido o lo que fuera, se daba cuenta de la mentira que se intentaba colar entre los ojos. No era verdad, simplemente no era verdad.