Nos contó una vez que no dejaba de soñar con una mano muerta que lo agarraba sin soltarlo.
Iwal mi awela se iba al chancho, pq le pedía más weás que la chucha al viejo, como si el loco tuviera capacidad infinita. Al final reventó el pobre y entró en una dinámica bien fome de echarle la culpa a sus espectadores, la culpa del bullying, decía él, no es de la víctima ni del wn que molesta, no cabro chico, la culpa es de todos los wnes que miran o se ríen sin hacer na.
Pasaron hartas terapias para quel viejo se sanara, iwal la cagó un poco pq si bien trataba de no caer en provocaciones, le salía tan fácil y necesario discutirle a la vieja, y al final él siempre quedaba mal, por intenso y agresivo.
En fin, los awelos tuvieron que volver a hablar, con una cantidad brutal de intermediarios y gracias al pulento, al final llegaron a ponerse de acuerdo. Nosotros, los nietos, tenemos recuerdos vagos de todo lo que pasó, pero nuestros papis nos cuentan, y aunque parezca imposible de creer, empezamos a entender de a poco cómo han envejecido los viejos: a tiraje lento, y a ir dejando sin efecto las boletas por los dolores que se achacaban el uno al otro.
Al parecer el proceso de los viejos fue lento y difícil, y terminó hace no tanto tiempo. En todo ese rato cada uno (hijos y nietos) aprendió cómo ser feliz obviando esta mocha interminable, así que tampoco es para tanto, pero se volvió legendario en nuestra familia, tanto que celebramos todos los años el día en que volvieron a hablar. Es um mambo que ni te cuento, es que para nosotros es una navidad.
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