Pero para ser justos con los viejos mañosos, los wnes también se reían, de hecho, existía en su contexto espiritual una especie de sacralización de la alegría, es decir: La risa como un fin. Lo único que nos molesta desto, es que aquella defensa de la alegría termina por volverse un tanto desprolija: Amemos la risa, intelectualicémosla y espiritualicémosla, hagamos pinturas sobre la risa y escribamos poemas magistrales sobre ella. Qué nos estaría faltando entonces? Reírnos po aweonao! Si al final los viejos mañosos se reían poquito, aunque según ellos la alegría tenía que ser considerada casi solemne y respetadísima, y al final tenía su lucha, en ese libro, contra los otros viejos más mañosos todavía: los benedictinos, estos últimos desdeñaban el humor por considerarlo impuro, mira los sacos de wea pa grande.
Contaremos hoy una historia sobre unos años oscuros en la historia de la humanidad, en donde la Risa fue activamente prohibida.
Se trata del año 2032. Es ciertamente una historia vieja, considerando que ya han pasado cerca de seis décadas de aquella desquiciada versión de la doctrina del shock (el presente narrativo se ubica aquí en el año 2089). Cuando hubo facciones peleando para todos lados, representantes de las fuerzas de poder germinadoras de desdicha y crueldad.
Así fue que se impuso u a solución: El Tratado de la Seriedad Absoluta de 2032, que prohibió el humor por considerarlo una distracción burguesa para la productividad industrial, comercial y social.
Como único antídoto para la epidemia de Odio que rugía en aquellos años, las autoridades más altas tuvieron la obligación de someter a la humanidad a la calcificación del espíritu. El atributo universal de la risa como válvula de escape biológica fue proscrito, convirtiendo el rostro humano en una mascarita de mármol.
Por qué se produjo esto? Bueno, el Hate que ya no se podía contener tenía casi siempre un sólo objetivo: Bullying para las masas, o bien, buscar un enemigo común para reclutar secuaces a tu favor.
En Finlandia inició una política pública, que bien o mal entendida, derivó en lo que acabamos de relatar. Se "descubrió" que el origen del Bullying no estaba en el que hacía Bullying, ni tampoco en la víctima. Había una tercera fuerza que era la que lo volvía tan poderoso: Los espectadores. Porque ante cada escena de Bullying, la simple indiferencia del agresor sobre el maltratado, o la risa que podría provocar un chiste cruel, significan el mecanismo de subsistencia de esa conducta.
Como resultado, y como ocurre casi siempre en el nombre del bien común, se gestó la creación del Tratado, que llevó a esta distopía de cinco décadas, conformando lo que nuestros hijos ya conocen como la historia más oscura de la historia (pleonasmo elaborado por niños).
Y así nomás, chao pescao a la Risa por medio siglo.
Fue entonces cuando surgió la resistencia subterránea conocida como el Hysteria Inn, una red de sanatorios clandestinos donde se practicaba una Taxonomía de la Irrelevancia Sagrada, la que se detalla a continuación:
En los suburbios de las ciudades, donde el Tratado de la Seriedad Absoluta aún no lograba filtrar el aire, operaba este primer agente, nuestro querido Joker. No era un anarquista inspirado en los cómics, sino un cirujano plástico clandestino. Su misión era revertir la "atrofia del cigomático", una secuela física de décadas de rostros de mármol (el cigomático es el huesito donde nace la risa en la expresión facial). Con bisturíes oxidados y anestesia vencida, el Joker devolvía a los disidentes la capacidad técnica de sonreír. No buscaba la felicidad, esa era una categoría burguesa prohibida, buscaba la funcionalidad mecánica del gesto prohibido para que el individuo pudiera, al menos, fingir una ironía frente al pelotón de fusilamiento. Era un doctor, eso es cierto, pero en la práctica hacía las veces de Enfermero del Alma, esa categoría preciosa inventada por el tío Charly García.
II. El Wasón: La Infiltración del Boletín Oficial
El Wasón era el agente doble del sistema. Instalado en las oficinas de redacción del Ministerio de Productividad en lan naciones que iban quedando, a falta ya de límites territoriales que se habian desvanecido por las guerras de aquí y allá. La labor del Wasón consistía en redactar leyes tan absurdamente solemnes que terminaban por colapsar bajo su propio peso semántico. El tipo le metía rimas asonantes a los decretos de exportación y metáforas de doble sentido a los manuales de convivencia. Su mayor logro fue el "Anexo 4.b sobre la Rigidez Facial Obligatoria en Funerales de Estado", un texto tan denso y ridículo que provocó el primer brote de risa histérica colectiva en una oficina de correos, resultando en la ejecución de doce funcionarios que no pudieron contener la expresión espontánea en sus caritas.
III. El Juglar y el Jester: El Correo de la Rima Proscrita
Mientras el mundo se comunicaba mediante protocolos binarios de eficiencia, y donde evidentemente los unos y ceros que gobernaban el lenguaje universal habían empezado a flaquear como herramienta única de comunicación, el Juglar recuperó la tradición oral. Estos wachos eran nómades que transportaban la base de datos de los chistes clásicos (aquellos que el shock de 2032 intentó borrar) codificados en baladas de apariencia sacra, un Tiny Data como respuesta contracultural a esa manera tan recompleja de ver el mundo que nos enchufó el Big Data. Por su parte, el Jester se infiltraba como asesor de imagen de los altos mandos; su tarea era la "humillación asistida", logrando que los líderes lucieran tan patéticos que la seriedad del pueblo se resquebrajara por pura vergüenza ajena.
IV. El Clown y el Payaso: La Semiótica de la Nariz Roja
En esta distopía, el Clown era un clínico del absurdo. Operaba en los "sanatorios de la risa", tratando a pacientes que habían olvidado cómo procesar el error humano. El Payaso, en cambio, era la unidad de choque. Utilizaba el maquillaje blanco no para entretener, sino como un lienzo de invisibilidad ante las cámaras de reconocimiento facial del Estado, que solo buscaban "expresiones de neutralidad productiva". Una nariz roja en un callejón era la señal de que la Taxonomía de la Irrelevancia Sagrada estaba reclamando ese territorio, como unas zapatillas colgando en los cables eléctricos de los barrios latinos.
V. El Loco: El Archivo Viviente de la Paradoja
El Loco era el único ciudadano exento del Tratado, pero solo porque el sistema lo consideraba "hardware dañado". Bajo esta protección legal, el loco se convirtió en el custodio de la verdad. Mientras los ciudadanos cuerdos se marchitaban en su rigidez funcional, el loco caminaba por las avenidas gritando verdades matemáticas envueltas en delirios mesiánicos. Era el único que podía señalar que el Rey estaba desnudo, o peor aún, que el Rey era un algoritmo programado para no reírse nunca de sus propios bugs.
VI. El Wag: La Guerrilla del Aforismo
El Wag operaba en las redes sociales encriptadas de la resistencia. Era un francotirador del lenguaje. En un mundo donde el "Hate" se combatía con silencio absoluto, el wag lanzaba frases cortas, aforismos ácidos que desactivaban la propaganda estatal mediante la sátira. Su arma era la brevedad impertinente. Un comentario de un wag podía destruir la credibilidad del Gran Líder en menos de 140 caracteres, demostrando que la risa, aunque fuera interna, era el fin de la obediencia.
VII. El Fool y el Albardán: La Ontología del Barro
El Fool era el filósofo de la red. Su tarea era recordar a los rebeldes que, tras la caída del Tratado, lo que quedaba era el vacío. Si la risa es un fin, el fool se encargaba de que ese fin fuera trascendental. A su lado, el Albardán representaba la resistencia rústica. Era el humor de la tierra, la grosería necesaria que recordaba que somos carne y desperdicio. Mientras el Estado buscaba la pureza del mármol, el albardán ensuciaba la realidad con la vulgaridad sagrada de existir.
VIII. El Arlequín: La Geometría del Camuflaje
El Arlequín no bailaba; diseñaba rutas de escape. Su traje de rombos era en realidad un patrón de camuflaje disruptivo diseñado para confundir a los drones de vigilancia. Cada color representaba un nivel de acceso en la red clandestina. La presencia de un arlequín en una zona industrial significaba que la monotonía estaba a punto de ser intervenida por una explosión de color fuera de norma, un atentado estético contra el gris del Tratado.
IX. El Zany: El Sabotaje de la Entropía
Finalmente, el Zany era el técnico de mantenimiento de la entropía. Su función era introducir movimientos erráticos en las líneas de montaje. Un tropiezo calculado, una pieza colocada al revés, un baile espasmódico frente a los sensores de eficiencia. El zany demostraba que la perfección productiva era una forma de muerte. Su cuerpo era una protesta viva contra la línea recta, un recordatorio de que la evolución humana no fue un proceso serio, sino un zigzag afortunado entre el caos y la carcajada.
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