Alejandro era un conejito muy alegre, tenía todo el cuerpo cubierto de pelos blancos excepto una mancha azul en su lomo, y como todos los conejos, tenía los ojitos rojos y las orejas largas, . Era el menor de la familia (tenía 15 hermanos y 11 hermanas) y también el más inquieto, siempre andaba corriendo como loco por la madriguera. Corría para allá y para acá, solía hacer carreras con sus hermanitos y hermanitas, y nunca había perdido una sola competencia.
Un día martes en que estaba un poco aburrido se levantó temprano. Era tan temprano que el sol recién había salido, así que estaban todos durmiendo dentro de la madriguera. Demasiado temprano como para invitar a alguien a jugar, pensó, y no se le ocurrió nada mejor que empezar a correr por la casa compitiendo contra su sombra, desafiándola para ver quién corría más rápido. Él pensaba que podría ganarle, pero siempre su sombra iba tan rápido como él, y empataban en todas las carreras. Lo intentaba e intentaba, pero no había caso, el resultado siempre era igual. En un último intento, se concentró mucho y cerró sus ojos. Pensó que si corría con sus ojos cerrados y con toda su fuerza, quizás esta vez podría ganar.
Uno, dos tres, fuera! Corrió y corrió, sin abrir los ojos, corría tan rápido que estaba seguro que esta vez sí lo lograría. El pequeño Alejandro no pensaba en nada más que en ganar la carrera, y sin darse cuenta, cayó en un pequeño agujero dentro de la madriguera que lo condujo hacia afuera, donde él nunca había estado antes. Al parecer este hoyo era una especie de túnel que conectaba su casa con el exterior.
Cuando se recuperó de su caída, miró para todos lados y pudo darse cuenta que había salido de su casa, la casa en donde vivía con papá, mamá y sus 26 hermanos. Intentó gritarles, avisarles que había tenido un accidente y que se había salido de la madriguera sin querer, pero nadie lo escuchaba, tal vez era muy temprano o tal vez simplemente no podían oírlo desde tan lejos. Se asustó un poco, pero no demasiado, porque él podía ver su casa, y sabía que en poco rato todos despertarían y lo verían ahí. Lo que no sabía era cómo iba a encontrar el lugar por donde había salido disparado hacia afuera, ya que por más que buscó, no daba con el túnel que lo conectaba con su casa.
Justo en ese momento, aparecieron dos gigantes cerca de su madriguera, también estaban afuera, igual que él, pero no podían verlo porque Alejandro se había escondido muy bien debajo de unas rocas, un poco camuflado para no ser descubierto. No quería que nadie que no conociera lo viera, porque no sabía lo que podría pasarle.
Mientras pensaba en esto, uno de los gigantes, el más pequeño, que tenía el pelo largo y una vista muy aguda, reconoció su camuflaje y se dio cuenta de que estaba ahí. Entonces miró al otro gigante y le dijo:
- Papá, mira, un conejito!
- Sí hijo, tienes razón. Le respondió el gigante más alto, parece que se escapó de su casa y no sabe cómo entrar. ¿Tratemos de ayudarlo?
- Ya papá! dijo el gigante pequeño, y salió corriendo para intentar tomarlo con sus manitos.
Pero cuando el pequeño gigante hizo esto, Alejandro salió corriendo disparado como un rayo, corría tan rápido que apenas lo podían ver los gigantes. Y se escondió de nuevo debajo de otras rocas, intentando camuflarse y mantenerse lejos de estos dos seres que no conocía y que no entendía lo que decían.
Al parecer Alejandro no era capaz de entender el idioma de los gigantes, y no alcanzaba a escuchar que su intención era ayudarlo para que pudiera volver a su casa, con su familia. El gigante más grande pareció darse cuenta de esto, así que le pidió al gigante pequeño que intentaran acercarse muy lentamente, para que no asustaran al conejito y no se les fuera a arrancar.
En ese momento apareció otro gigante más, que parecía conocer muy bien a los conejitos. Este tenía un plan para rescatarlo, y le dio al gigante pequeño la misión más difícil. Le dijo que se acercara despacio y mirara muy fijamente al conejito, que debía mantenerse parado sin moverse, porque si se movía solo un un centímetro, el conejo huiría a toda velocidad, y no podrían atraparlo.
El gigante pequeño, tan valiente como siempre, se paró donde le indicó el otro gigante, y se quedó muy quieto mirando al conejo Alejandro. Era una misión difícil, porque le costaba mantenerse quieto durante mucho rato, pero igualmente se mantuvo firme y no movió ni un solo músculo.
Mientras el pequeño gigante y el conejo Alejandro se miraban fijamente, el tercer gigante vino por atrás, y sorprendió al pequeño conejito, que a estas alturas estaba muy asustado y no entendía nada.
El gigante lo tomó con sus manitos, lo acurrucó, le hizo muchos nanais y hasta le dio un beso, lo que consiguió calmar al conejito Alejandro. Luego abrió la puerta de la madriguera, y lo dejó adentro con su familia de conejos, que estaban empezando a despertar y no se dieron cuenta de que Alejandro había tenido una aventura matutina fuera de casa.
El pequeño gigante se sentía un héroe, gracias a él habían podido rescatar al pequeño conejito asustado, y lo habían devuelto con su familia. Había sido una gran aventura para él, igual que para Alejandro.
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