No queremos hacer hincapié en la desgracia de la vida.
No traemos la mala nueva ni exacerbamos la nostalgia.
No negamos a la alegría aun cuando no nos esforcemos por defenderla.
Producimos emoción, damos cuenta de las sombras inevitables y cantamos canciones tristes.
Nuestra labor podrá no ser la más grata, pero compensamos la balanza bajo las leyes del equilibrio y, más que opacar los colores, simplemente apuntamos a donde no brilla.
Por lo demás, alguien tiene que hacerlo.
Perdimos, en algún momento, el norte de las risas espontáneas.
Nos subimos a la luna y pudimos ver más allá de la felicidad.
Y ahí nos enamoramos de la melancolía, y la conquistamos.
Fuimos tan lejos que la salvamos de morir atiborrada de perdices.
Solo queremos poner de manifiesto nuestra preocupación a propósito de ciertos hechos que han ocurrido en las últimas décadas.
Hemos visto al mundo crecer, hemos sido testigos por años de cómo la humanidad entera, de cómo países enteros han sufrido y visto caer la desgracia en sus horas más largas.
También hemos sufrido junto a los árboles extinguidos en el progreso de la humanidad, y hemos estado ahí cuando todas las personas entienden y sienten por primera vez qué es la frustración.
Nos sentimos con tanto derecho como todos los demás a exponer nuestras demandas, que por lo demás se componen de tan sólo una línea.
A ustedes les pedimos, señores artistas, señores comunicadores, señores escritores, señores publicistas, directores y guionistas:
Por favor, dejen de censurarnos en los finales felices.
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