Un día el viento se detuvo.
Lo había llevado a los más bellos palacios, a las tierras más fértiles del reino.
Lo sacudió con gentileza por los territorios libres que solo saben de dicha.
No le pidió nada a cambio.
Le permitió saborear manjares reales.
Lo elevó por las nubes, los cielos y las cimas más altas.
Sin pedirle nada, absolutamente nada.
Lo había llevado a los más bellos palacios, a las tierras más fértiles del reino.
Lo sacudió con gentileza por los territorios libres que solo saben de dicha.
No le pidió nada a cambio.
Le permitió saborear manjares reales.
Lo elevó por las nubes, los cielos y las cimas más altas.
Sin pedirle nada, absolutamente nada.
Pero llegó el día en que el viento dejó de soplar.
Se imaginan el espanto de este pobre ser humano? Acostumbrado a desplazarse empujado siempre por el viento, casi levitando, sin tener que aprender a caminar, a dominar el trote, a sostenerse en pie?
Fue un golpe durísimo, y aunque lo dejó revolcándose de dolor en el suelo, no fue nada más que eso.
Así pues, se puso de pie y comprobó que sabía caminar, que dominaba el trote a la perfección, y sobre todo que era capaz. Y que esta soledad que le presentaba desdicha y desencanto, también le alumbraba rincones que no sabía que le pertenecían.
Rincones que le hicieron volver a la vida. Solo frente a un mundo que no lo iba a esperar, le sirvieron para amortiguar las horas de oficina y el delirio de insignificancia que insistía en golpearle el estómago.
Volvió a la vida. Sin la vitalidad de la que solía jactarse, pero con ganas de vivir. Le costaba conciliar el sueño y levantarse cada día, pero aún así sentía el pequeño pulso que lo ponía en pie.
Y con eso le bastaba por ahora.
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