No se quedó allí. Inventó en tantos formatos como le permitieron sus habilidades. Exploró las esculturas de madera, probó el cedro, el coihue y el roble, aprendió a sentir la madera y a trabajarla a su antojo. Luego también quiso entrar a la fotografía, y ahí gastó más tiempo. No dominaba con la misma facilidad el trabajo con la luz, y hasta su pulso errático era un peldaño más que superar. Pero aunque le tomó un par de años, finalmente lo logró.
Enumerar todas las disciplinas artísticas en las que se imbuyó sería un aburrimiento, cuando basta con resumir que dominó el arte más allá y más acá que varios de los genios antiguos.
Sabía que no era suficiente, que su proyecto, si pretendía ser tan sustancial e impactante como se lo había propuesto, debía someterse a las variaciones antojadizas de la inspiración. Debía trabajar sí, pero además tendría que aguardar ese momento brillante en que ninguna de todas sus habilidades experimentara resistencias de ningún tipo. Ese perfecto día en que todo fluiría magníficamente.
Ese día por supuesto que llegó.
El artista armó su máquina mágica, su artefacto maravilloso diseñado y anticipado por años. Logró adentrarse en casi todas las disciplinas que ya dominaba, pudo exprimir y potenciar cada referencia que le hizo falta, al punto de elevar magistralmente estas obras ajenas y volverlas parte imprescindible de la suya.
El trabajo del artista fue intenso y podríamos decir que le costó una vida entera. Pero a la vez fue tan certero en su comunicación, tan exquisitamente transgresor, tan innovador y global, que a los pocos meses de publicar su obra, podías encontrar en cualquier calle de las principales ciudades del mundo, un código bidimensional que daba cuenta de su creación. Podías ver las ediciones limitadas de cualquier prenda de ropa, exhibiendo el código que guardaba la obra magistral.
No faltó en ninguna ciudad la marca de golosinas que usó el código como parte de su campaña promocional, con el pretexto de una experiencia gustativa jamás vista.
Las selfies buscaban con esmero el código como fondo, para decorar la escena personal.
Aunque tampoco demoraron en aparecer los detractores. Los típicos amargos de siempre, esos a los que no les alcanzan los poemas, a los que no los conforma ningún catálogo moderno.
Pese a todo, la entrega fue espectacular, nada le faltaba ni nada le sobraba. El QR de la obra llegó a ser legible a la distancia. Se repitió innumerables veces, al punto en que te lo sabías de memoria, los tres cuadrados en la esquina, las cuadrículas oscuras acá, los vacíos allá, los bordes dobles, los pequeños pixeles al centro....
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