El Patio de Juegos de Sigmund (Tummelplatz, en alemán) era el lugar donde aspiraba llevar a sus pacientes, un espacio de completa libertad donde no se anticipaban moralidades ni restricciones sociales. Ana entró sin dudarlo, se sentía preparada, este era el lugar de sus sueños, lo que sabría más adelante como su lugar favorito.
A diferencia de las otras habitaciones del Hysteria Inn, acá no estaba sola, la compañía era un imperativo para practicar la libertad a la que la empujaba Sigmund, sus padres, sus hijos, sus hermanos, sus amores y sus amigos, todos aquellos ante quienes Ana pudiera presentarse desnuda. Porque sí, estaba desnuda, y se paseaba por la habitación con el relajo que uno siente cuando nadie está mirando, como quien dice más contenta que la conshetumare.
La chica se sentía pletórica, podía hacer lo que quisiera y todos a su alrededor no harían más que aplaudirla y gozar con sus caprichos. Intentó pintarse el pelo, convertirse en un bicharraco asqueroso, tatuarse un arcoíris bajo el vientre, intentó llorar, patalear, excitarse y enfurecerse, incluso todas al mismo tiempo, y nada, sólo recibía elogios, abrazos o palabras de afecto, cosa que la inquietaba, claro, porque había perdido la costumbre, si es que alguna vez la tuvo.
Cuando era niña y su padre le contaba fantasiosas historias sobre su extravagante apellido, Ana Datrevil lo miraba con credulidad a los ojos. La exaltación crecía cuando su padre inventaba alguna ascendencia imposible, por ejemplo aquel sábado de agosto en que le explicó que Datrevil no era más que una enredada traducción de la palabra EUDEMONÍA, es decir, que su familia llevaba arrastrando por generaciones una predisposición genética hacia la felicidad o satisfacción o plenitud o ponle tú el nombre que quieras.
Lo cierto es que Ana había elegido su habitación predilecta, y también había iniciado un camino lejos de la trayectoria genética que su padre le inventó de pequeña. Decidió darlo vuelta todo, volver al principio e ir más atrás si fuera necesario, ir en reversa pero con la vista al frente, y aprovechó para modificar su nombre como una declaración de principios (y también como una broma). Ana Datrevil se leería hacia atrás, y ya nadie podría seguir su genealogía. El Hysteria Inn sería administrado a partir de hoy por la Señorita Ana Livertad.
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