Ana era hoy la espectadora afortunada que recorría los pasillos de este edificio traslúcido. No eran sólo siete ni tampoco puramente visuales, las artes que le presentaba esta habitación le arrancaban todo sesgo anterior. La cuestión se trata sólo de disfrutar, de reventar burbujitas de placer, morderse los labios, cerrar los ojos y exhalar goce.
Libros tallados en piel, canciones en forma de pastel, esculturas fumables, pinturas para vestir, braille hipertexturizado y así hasta el empachamiento.
Tanta devoción hacia la Belleza tenía sí una tarea por delante. Al concluir la noche en el Museo de las Artes, Ana debía firmar, con su sangre, un contrato que la obligaba a trabajar hasta el día de su muerte como una voluntariosa comunicadora, sacar las artes del museo y llevarlas a todo rincón posible, exponer el Salón de la fama, mostrar a los inmerecidos y a las grandiosas, a los muertos y a las premiadas en vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario