Por los pasillos de su hostería Ana no estaba sola. En el inquietante momento previo a la elección de su puerta de turno, se cruzaba a veces a empujones con otros tipos deambulando como ella. La diferencia crucial era que esos tipos sólo se apostaban en la mirilla de cada puerta, mirando las descripciones de lo que contenía cada habitación, saboreando con orgullo su perspectiva de monstruos omnividentes. Y casi siempre (a diario desde que puso en funcionamiento su Hysteria Inn), se cruzaba con algún torpe intelectual. La jactancia de estos tipos la desalentaba, se veían gigantes desde abajo, parecían enormes bestias babeando su sabiduría por la boca y conteniendo su risa de superhombres de pasillo. Porque ellos jamás abrían una puerta, esas puertas magníficas que Ana puso ahí para adornar la felicidad, y que a ella tantas satisfacciones le habían entregado. No, ellos no se rebajaban, no eran dignos de entrar a ninguna de esas puertas en las que la apuesta era un requisito. Ellos desafiaban a la incertidumbre vestidos en algodón, vanagloriándose cada treinta segundos de su piel sin magulladuras.
Ana no los soportaba, y cada noche intentaba avanzar por el pasillo sin levantar la vista, sin mirar hacia arriba a este paraíso seco que promovían los monstruos. Pero no eran suficientes para vencer su pulsión temeraria, se dejaba enfriar por una que otra imagen de la alegría en conserva de estas bestias, pero no mucho más, y al comienzo de cada noche, orgullosa siempre de su decisión, abría la puerta que la llevaba allá lejos, sobre todo lejos de ellos, esos brutos superhombres.

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